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2022 fue un año desastroso para el aeropuerto de Schiphol afectado por una absoluta improvisación a la hora de estar preparados para la recuperación de la demanda tras los momentos más álgidos producidos por la pandemia del COVID19. Ello obligó finalmente a imponer límtes de vuelos y pasajeros, como apaño para reducir retrasos infinitos, perjudicando enormemente a viajeros y líneas aéreas.
Si eso ya es grave, lo más vergonzante es que ahora los vuelos hacia y desde Schiphol de Ámsterdam se limitarán a 460.000 en el año hasta septiembre de 2024, como una solución temporal para el límite propuesto por Autoridades holandesas de 440.000, supuestamente para reducir la contaminación acústica y por razones ambientales, que son la muletilla habitual para esconder la incompetencia operativa. Esos es un 11 por ciento menos que en 2019.
El aeropuerto solicitó a las Autoridades que acelera la implementación de un nuevo sistema que limite el tráfico no a un número específico de vuelos, sino que se centre en el nivel máximo de ruido y contaminación del aire permitido, lo que dejaría abierta la opción de crecimiento futuro si las aerolíneas logran reducir la contaminación de sus vuelos, objetivos en los que se encuentran comprometidos dedicando muchos recursos. Sin embargo, el ministro de Transporte, Mark Harber, dice que lo más probable es que implementar ese sistema tome cinco años.
En fin, que como siempre, los perjudicados son los viajeros y subsiguientemente las compañías añereas y resto de la industria turística. Logicamente, a río revuelto, ganancia de pescadores, y otros aeropuertos europeos se aprovecharán de estas restricciones.
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