Amando de Miguel acaba de escribir: “Sospecho que esta nueva manía de la iconoclastia racial es algo más que un episodio aislado y efímero. Representa la coronación de un movimiento más profundo. Obedece a un agrio desprecio por la cultura, la historia, el pasado. Es el triunfo de la mediocridad“.

No puedo estar más de acuerdo con su opinión, Estamos sufriendo un tsunami de estulticia y mediocridad, que en sus repetidas oleadas se está llevando por delante parte de la historia y el patrimonio de los países, lo que aparte de otras consecuencias sociales muy graves, supone un serio problema desde el punto de vista de los destinos turísticos.

La degradación del nivel cultural en los últimos 30 años, de la mano de un rotundo fracaso de los modelos educativos,  ha sido tan terrible que gran parte de la sociedad actual es absolutamente incapaz de entender su presente y mucho menos su pasado, porque lo desconoce.

Las opiniones racionales deben basarse en el conocimiento, para a partir del mismo tomar decisiones razonadas, especialmente cuando los problemas son complejos. Si se carece de ese conocimiento y del hábito de razonar, las opiniones se convierten en emocionales, se mueven en el ámbito dogmático que normalmente era el propio de las religiones. Estas opiniones dogmáticas, populistas, plantean soluciones simples a problemas muy complejos y no admiten réplica precisamente por su dogmatismo. De este modo, problemas muy complejos como el cambio climático y los modelos energéticos, las colonizaciones, la inmigración y los modelos de sociedad, la desigualdad de género y racial, la globalización, la saturación turística de los destinos y los modelos de ciudad, y un largo etcétera.., que exigen para su solución de visiones amplias y coordinadas al más alto nivel por toda la comunidad internacional, se resuelven con burdas consignas que se repiten machaconamente para disimular su endeblez intelectual.

Eurípides de Salamina decía que ““Frente a una muchedumbre, los mediocres son los más elocuentes.” Esa realidad se ha potenciado ad infinitum hoy en día a través de las redes sociales, especialmente twitter, ya que en lugar de argumentar razonadamente se lanzan consignas dogmáticas de pocas líneas como si fueran armas arrojadizas.

A los que somos de mi generación esto nos causa un enorme tristeza y enojo, puesto que hoy en día la tecnología nos facilita los medios para poder formarnos una opinión razonada, a partir de diferentes fuentes contrastadas, de una manera sencilla y casi gratuita, en poco tiempo. Sin embargo, en nuestros años universitarios nosotros debíamos acudir a libros físicos, muchas veces en bibliotecas y al acceso restringido localmente a expertos de la materia. Pero teníamos algo valiosísimo, una gran curiosidad y un espíritu crítico. Mary Shelly dijo que ““¡cuántas cosas estamos a punto de descubrir si la cobardía y la dejadez no entorpecieran nuestra curiosidad!”

Desgraciadamente esta mediocridad que nos circunda provoca fenómenos tan lamentables y patéticos como el que estamos viviendo a escala mundial de destrucción de estatuas por parte de ignorantes que carecen de la menor visión global de la historia y que tratan de reinterpretar con su pequeñez mental siglos de historia.

E.H Wilson escribió que los seres humanos “hemos creado una civilización de Guerra de las Galaxias con emociones de la Edad de Piedra, instituciones medievales y tecnología que parece de dioses” . Esas emociones de la Edad de Piedra son las que imponen dictatorialmente sus criterios, mientras que unas instituciones medievales son incapaces de reaccionar con criterio, asustadas ante tanto “ofendidito”. Es verdaderamente triste que en un mundo que se supone digital y global cada vez sea más normal que masas radicales se lancen a la calle usando la violencia, copiando modos y maneras de siglos pasados. Es verdaderamente casposo y decepcionante que la llamada al rebaño siga tan vigente en una era que debiera ser digital, es decir, en la que la libertad individual informada debiera primar.

En La Rebelión de las Masas, libro de lectura imprescindible, Ortega y Gasset decía “que quien quiera ver correctamente una época debe contemplarla desde lejos. ¿A qué distancia? A la distancia que no permite distinguir ya la nariz de Cleopatra“. Eso significa que debemos analizar la historia y sus símbolos sin apasionamientos, entendiendo su época y sin verla con nuestros ojos actuales, que resultarán igual de grotescos para quien nos analice dentro de cien años. No se trata de aceptar como bueno todo el pasado sino de conocerlo, de asumirlo porque es parte de nuestra historia y de entenderlo para tratar de no repetir los errores del pasado. Como dijo Betrand Russel, “¿Para qué repetir los errores antiguos habiendo tantos errores nuevos que cometer?“

No comparto el lema de los Habsurgo “rerum irrecuperabilium summa felicitas est oblivio“, pero desde luego la historia no debe ser reinterpretada desde la barbarie, la simplonería y el sectarismo

Merece la pena no olvidar cómo los talibanes destruyeron en 2001 los Budas de Bāmiyān, que habían resistido casi intactos durante 1.500 años. Si desde la industria turística no tratamos de imponer algo de cordura, acabaremos viendo atacado el acueducto de Segovia por haber sido construido por los “esclavistas y machistas romanos”; o habrá que argumentar que las murallas de Ávila o el Castillo de la Mota no son símbolos franquistas.