El maldito virus chino nos acaba de arrebatar a una mujer excepcional, a mi madre, en apenas dos semanas.  Al menos tuve la suerte de poder acompañarla, minuto a minuto, en la habitación del hospital, donde una vez más dio una lección de vida, compartiendo su bondad y su positivismo.

Mi madre pertenecía a la Generación que en mi artículo del 2 de Abril bauticé como la “Generación del Esfuerzo”, que definía como “aquellos que nacieron en la década de los 30 y 40, decenios marcados por nuestra Guerra Civil y la II Guerra Mundial. Son los que construyeron con su trabajo y su esfuerzo la ESPAÑA que ahora disfrutamos. Su ética de superación y de trabajo, su capacidad para mirar siempre hacia adelante, y de querer darnos todas las oportunidades a sus hijos -los baby boomers y la Generación X- han posibilitado el Estado del Bienestar en el que vivimos.

Nació tras la Guerra Civil, en Madrid, sufriendo todas las penalidades de la posguerra. En la distancia, vivió la Segunda Guerra Mundial y en primera persona, los años de autarquía. Obviamente, también la Guerra Fría, la Crisis de los Misiles del 62, la Guerra de los Seis Días del 67, la Primavera de Praga del 68, las Crisis del Petróleo del 73 y el 79, la Guerra de los Balcanes y del Golfo en el 91, el 11S del 2001, la Segunda Guerra del Golfo de 2003, la Crisis Subprime de 2008 y finalmente el COVID en 2020. Desde luego es una lista aterradora, pero mi madre siempre supo ver el lado positivo de las cosas, siempre supo mirar el vaso medio lleno y afrontar todos los retos como aventuras.

Su gran dominio de otros idiomas (francés, inglés e italiano) le ayudó a vivir fuera de España y a convertirse en una empedernida viajera, con más de 80 países a sus espaldas, siempre junto a mi padre, su fiel compañero  durante más de 50 años . Su primera aventura fue vivir en Roma, a finales del años 60, apenas recién casada. Allí comenzó su larga relación con el mundo del turismo, de la mano de mi padre, que duró más 40 años. Después Londres fue su destino, en los años 70, una etapa que siempre guardó con especial cariño.

Gracias a su profunda fe católica fue capaz de superar hechos tan difíciles como la pérdida de un hijo en 1981 y seguir adelante, para servirme de inspiración y ejemplo, siempre presente, estricta pero justa, transmitiéndome junto con mi padre la importancia de la ética del esfuerzo y el valor insustituible de la familia. Y, sobre todo, la necesidad de “Ser Buena Persona”, lo que también ha transmitido a sus nietos, que la adoran, como todos los que de verdad la conocieron. Era muy fácil aprender de ella, porque predicaba con el ejemplo, con paciencia y dulzura, aunque siempre firme en sus principios.

Estas son una Navidades especialmente tristes, con muchas sillas vacías, como la de mi madre, provocadas por una devastadora pandemia gestionada con trágica inutilidad por los políticos. Es el momento de rendir homenaje a todos aquellos que nos han dejado físicamente, pero que seguirán siempre con nosotros, inspirándonos con el ejemplo que nos dejaron en vida, con los valores y principios que asumieron como propios, con su priorización de lo que importa.  Lo necesitamos especialmente ahora, inmersos como estamos en un océano de estulticia, en el que cualquier chorrada es elevada al rango de dogma; y el Weltanschauung propio de las sociedades avanzadas se está degradando e infantilizando a pasos agigantados.

Por lo tanto, sirvan esta líneas como humilde Homenaje a mi madre, Maria Teresa Moreno de la Santa, a quien nunca olvidaremos todos los que tuvimos la suerte de conocerla; y como agradecimiento a todos aquellos que nos han expresado sus sinceras condolencias a mi padre y a mí.