En el Foro Económico de Davos se produce cada año una mayor deriva hacia el dogmatismo y el nulo contacto con la realidad, lo que no deja de ser lógico dado quienes son los asistentes. Es también el lugar ideal para trasladar mensajes como si fueran verdades eternas, aunque no tengan ninguna base factual, ya que el reconocimiento internacional de los asistentes les da una patena de verosimilitud. Un ejemplo perfecto es la guerra contra los vuelos comerciales -con la ironía de que muchos de los que más arremeten contra ellos vuelan en sus aviones privados- sobre la base de su gran efecto contaminante.

Los datos son muy tozudos y muy claros. La contaminación producida por la aviación es minúscula, es ínfima si la comparamos con la contaminación que producimos con nuestros vehículos terrestres, privados y públicos. Pero ese ya es un tema muy delicado, porque nos afecta a todos y saben que no estamos dispuestos a que un “Gran Hermano Sabio” venga a decirnos si podemos o no tener coche o si podemos o no usarlo.

Pero afortunadamente yo creo que también pinchan en hueso con el tema de los vuelos. Con gran soberbia, en Davos predicen que la clase media se verá forzada a no poder volar por el incremento del coste de los vuelos y a tener que utilizar el tren, dedicando 12 horas para un trayecto que en avión toma 2 horas. Sería volver a finales de los años 70, retroceder medio siglo. Pero olvidan que la clase media es mucho más inteligente de lo que ellos piensan y no va a permitir que le quiten el derecho a viajar donde quiera, de la forma más cómoda y rápida posible, a un precio razonable. Por eso nacieron las compañías de bajo coste y se reinventaron las compañías de bandera, para hacerlo posible.

El gran problema que subyace siempre detrás de estas restricciones es la visión autoritaria de quienes quieren imponerlas, creyendo que en su “infinita sabiduría” van a salvar al pobre pueblo de su ignorancia. Lo hemos visto en esta pandemia con las restricciones de viaje y los confinamientos, en los que los Gobiernos se han creído que ellos son los que graciosamente otorgan la posibilidad o no de viajar a sus súbditos. Nada más lejos de la realidad. Viajar libremente es un derecho que tenemos todos los ciudadanos y los Gobiernos únicamente deben fijar las medidas puntuales que hagan que el ejercicio de ese derecho sea seguro para quien viaja y para terceros. Se ve que la influencia de China no se está limitando al maldito virus sino que está empezando a hacer que algunos tengan la tentación de actuar como un Gran Hermano comunista.

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