Está claro que la Humanidad tiene una innata predisposición al catastrofismo. Desde tiempos remotos siempre ha estado dispuesta a creer los más negros augurios y a esperar lo peor, desconfiando de todo lo nuevo. Ingenuamente uno pensaría que el avance tecnológico habría mitigado esa patética predisposición al catastrofismo, pero lejos de ser cierto, los medios de comunicación y, aún más, las Redes Sociales, ha producido el efecto inverso, conduciendo al pensamiento único, normalmente mononeural. El declive cultural de las sociedades provoca que muchos usuarios de la información sean únicamente capaces de absorber mensajes muy simples, a pesar de versar sobre temas enormemente complejos, que puedan tragar como píldoras de verdad con fe ciega, y que creerán y repetirán hasta la saciedad como loros.

El tema del Cambio Climático es especialmente interesante, ya que se disfraza de pseudociencia para tratar de defender como irrefutables sus peregrinas predicciones. Por lo menos, algo hemos avanzado sobre el advenimiento del fin del mundo cada cambio de milenio. Aunque no difiere mucho con el ridículo del Y2000, cuando el 1 de enero del 2000 se iban a volver locos todos los ordenadores que procesaban la fecha a 4 dígitos y el mundo colapsaría. Obviamente, no pasó nada. Lo único que sucedió es que los años anteriores las empresas de consultoría y tecnología facturaron billones de euros por el miedo al Y2000. Una ventaja de tener más de 50 años y buena memoria, es que todas estas patochadas catastrofistas las hemos escuchado muchas veces y el tiempo ha demostrado la exageración o simplemente la estupidez de las mismas. Es muy divertido leer ahora este artículo de El Mundo de hace 20 años. A los de mi generación se nos bombardeó constantemente con el agujero de la capa de ozono, que iba a seguir creciendo hasta que todos quedáramos achicharrados. Obviamente no ha pasado, igual que no se han anegado las zonas de costa de muchos países ni ha desaparecido parte de California por los terremotos.

Tras tantos años de fallar una y otra vez en las previsiones catastrofistas, incluso han tenido que cambiar el nombre, pasando de Calentamiento Global (por los gases de efecto invernadero) a Cambio Climático, para intentar librarse de la imagen de poca seriedad de climatólogos con modelos que fallan más que escopetas de feria.

En este excelente artículo Domingo Soriano reflexiona sobre lo que dice el IPCC en su último informe, lo que no dice y lo que no debería decir. Sin embargo, sinceramente creo que es una batalla perdida, ante la conjunción de la actual clase política y económica internacionales dominantes; y una sociedad infantiloide que encumbra a la pobre Greta Thunberg a la categoría de gurú. Es irrelevante que los modelos científicos que apoyan la existencia del Cambio Climático sólo sean defendidos por una parte pequeña de la comunidad científica y que tengan una fiabilidad parecida a la de una bola de cristal. También es irrelevante que el avance tecnológico, que entre otras consecuencias está produciendo la “desmaterialización” de muchos bienes y servicios, así como la concentración de funciones en un mismo dispositivo, cuestiona el dogma de que el crecimiento económico implica un mayor consumo de recursos finitos, puesto que ya no caminan parejos el crecimiento económico y el consumo de materias primas.

La justificación de las clase política internacional es oportunista, están convencidos de que identificar al Cambio Climático como el gran enemigo que va a acabar con el planeta y con nuestras vidas, hará que los votantes se olviden de su incompetencia y de su incapacidad para gestionar problemas reales (paro, inseguridad, situación sanitaria, pobreza, etc..); y en algunos casos les permite justificar medidas de carácter socialcomunista, que se han demostrado inútiles en muchos países y épocas, y que ahora pretenden ser rescatadas por la supuesta situación de emergencia que vive el Planeta. Para la clase económica internacional, es una enorme oportunidad para generar nuevos beneficios, creando nuevas líneas de negocio que puedan controlar, en muchos casos sin líderes importantes existentes en las mismas. Por lo tanto, su interés está ciertamente sesgado, pero al menos es consecuente con su razón de ser, que es generar riqueza para sus inversores y para ellos mismos. Por eso, la principal conclusión del IPCC es que se necesitan, ni más ni menos, 100.000 millones para combatir el Cambio Climático. Al final, como siempre, es una cuestión de dinero. Una vez que el mantra de la transformación digital suena ya muy manido, hay que buscar otra gallina de los huevos de oro.

El problema para el Turismo es que tiene dificil poder participar significativamente del negocio del Cambio Climático. Más bien al contrario, pues aunque no sufre tanto ataques como la ganadería o la agricultura, tampoco le va mucho a la zaga desde que se sigue aceptando la grosera mentira de que la aviación comercial es una de la principales causas de contaminación, a pesar de que estudios científicos serios y contrastados han demostrado lo irrelevante de la misma en el conjunto global. Y si nos centramos en medios de transporte, es irrisoria con respecto a la contaminación que genera el transporte por carretera particular y público. Es francamente patética la forma en la que se está tratando de introducir con calzador el concepto de huella de carbono en la decisión de viaje.

El Turismo tiene sus propios retos, como son evitar la masificación y respetar los entornos naturales y sociales en los que se desarrolla, generando riqueza para quien recibe a los visitantes, al tiempo que crece la industria turística emisora. Eso se lleva haciendo desde hace muchos años en los países más avanzados y empieza a ser norma en los países en vías de desarrollo. Un excelente ejemplo de buen hacer son los hoteleros, quienes cada vez más planifican desarrollos más sostenibles; mientras que en el otro extremo nos encontramos con las compañías de grandes cruceros, que deben reinventarse. Pero difícilmente esas estrategias turísticas se pueden amparar bajo el paraguas de la religión del Cambio Climático, así que no auguro que muchos de esos hipotéticos 100.000 millones lleguen a la industria turística. Más bien, podemos seguir esperando que ministros tuiteros iletrados critiquen el turismo; que los iluminados del Foro de Davos nos digan que tenemos que tardar 11 horas en tren para un trayecto de 2 horas en avión y sentirnos felices; y que debemos avergonzarnos de volar en avión y, por ende, debemos calarnos la boina hasta las orejas y no viajar más allá de nuestras fronteras.

Afortunadamente, si algo nos han enseñado las Redes Sociales, es el concepto del Yo Digital, que es una parte del Yo Social. Y en la mayor parte de las personas el Yo Digital Social es más falso que 1 euro con la cara del Tío Gilito. Aquel que se declara públicamente comprometido con la lucha contra el Cambio Climático es el mismo que no piensa cambiar un ápice sus costumbres y que seguirá viajando a donde le apetezca, al mejor precio posible que pueda obtener. Es lo que antes se conocía como el “efecto de los documentales de la 2”. Por eso, insisto una vez más, quien apueste contra el Turismo, perderá.